La segunda entrada


Todos sabíamos lo que iba a ocurrir cuando eso pasase. La planta liberaría su toxina, paralizando a Dylan y obligándonos a cargar con él. Un modo que tenía la vegetación del entorno de cazar a cualquier presa que ayudase a la presa anterior a escapar. Era muy probable que otras raíces estuviesen reptando en nuestra dirección, aunque recé antes de cortarla porque no hubiese sido así.

El machete cayó sobre la raíz y esta salió disparada en dirección a la maleza debido a la tensión con la que trataba de llevarse a la boca a uno de mis exploradores. Dylan comenzó a sacudirse incluso antes de que pudiésemos soltar los anclajes del suelo. Lo levantamos entre los tres y corrimos por el camino abierto a fuego y machete durante años. Los árboles nos observaban a ambos lados, a menos de cinco metros de distancia cada uno, mientras corríamos estrictamente por el medio del sendero, atentos a cualquier resto vegetal que sembrase el suelo. Si cualquiera de nosotros pisaba otro lazo, ninguno lo contaríamos.

Los carros de descenso estaban a veinte metros de distancia cuando vimos varias raíces extenderse en su dirección. Lentas, reptando por el suelo en busca de la presa que había escapado, avanzaban cubriendo la entrada del bosque.

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