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El despertar

Bajábamos hacia el valle a toda velocidad, conscientes de que nosotros tres ya habíamos pasado el peligro. Dylan, sin embargo, necesitaba una intervención médica inmediata si no queríamos perderlo.

Tardamos apenas diez minutos en llegar al río, donde un trineo empujado por una antigua línea de telesillas que habíamos restaurado hacía unos años nos esperaba. Gracias a esta línea éramos capaces de subir al puerto en apenas media hora en lugar de ascender durante toda la mañana. Esa segunda opción nos habría obligado a quemar el cuerpo de Dylan, como lo hemos hecho en tantas ocasiones con aquellos que se han infectado.

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Más rápido

—¡Más rápido!—Nora guiaba al equipo, cargando a Dylan por las piernas. La raíz cortada aún se encontraba enroscada alrededor de su cuerpo inmóvil.

Corrimos y llegamos al primer carro diez segundos antes de que las raíces abordasen el segundo. Eso nos daba casi un minuto para subirnos, pero no tardamos ni la mitad. Nora y Gabe subieron a Dylan a la parte posterior mientras yo liberaba los tacos. El carro empezó a avanzar de inmediato por nuestro peso acumulado, pero Gabe empujó hasta que hubo ganado cierta velocidad.

El carro era simple. Seis ruedas y una barra que actuaba como dirección y con la que podía ganarse casi diez grados en cada dirección. Mucho más de lo que necesitábamos para bajar por el ya transitado camino de tierra.

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La segunda entrada

Todos sabíamos lo que iba a ocurrir cuando eso pasase. La planta liberaría su toxina, paralizando a Dylan y obligándonos a cargar con él. Un modo que tenía la vegetación del entorno de cazar a cualquier presa que ayudase a la presa anterior a escapar. Era muy probable que otras raíces estuviesen reptando en nuestra dirección, aunque recé antes de cortarla porque no hubiese sido así.

El machete cayó sobre la raíz y esta salió disparada en dirección a la maleza debido a la tensión con la que trataba de llevarse a la boca a uno de mis exploradores. Dylan comenzó a sacudirse incluso antes de que pudiésemos soltar los anclajes del suelo. Lo levantamos entre los tres y corrimos por el camino abierto a fuego y machete durante años. Los árboles nos observaban a ambos lados, a menos de cinco metros de distancia cada uno, mientras corríamos estrictamente por el medio del sendero, atentos a cualquier resto vegetal que sembrase el suelo. Si cualquiera de nosotros pisaba otro lazo, ninguno lo contaríamos.

Los carros de descenso estaban a veinte metros de distancia cuando vimos varias raíces extenderse en su dirección. Lentas, reptando por el suelo en busca de la presa que había escapado, avanzaban cubriendo la entrada del bosque.

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Relato de prueba

La hierbafría había atrapado la pierna de Dylan, y tiraba hacia la oscuridad del bosque. Cuando oí los gritos, dejé de inmediato de recolectar para correr junto a mi equipo. Nora y Gabe sujetaban a Dylan con sus brazos, y Nora ya había lanzado su arpón de seguridad, que se encontraba anclado al suelo. Me acerqué rápido hacia los tres y aseguré a Gabe y luego a Dylan antes de cortar el lazo de hierbafría a la cuenta de tres.

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